Las paradojas del antisemitismo y cómo resolverlas

Por David Ramírez

Photo credit: kirchenopfer.de. Artist unknown.

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El ascenso de ataques sobre la vida y propiedades judías en Europa y los Estados Unidos han reiniciado, una vez más, una cascada de comentarios judíos sobre la persistente ‘enfermedad’ del antisemitismo. Como es muy común en éste tipo de comentarios, el apuntar a la enfermedad es la norma, pero casi nunca sus causas. En un artículo que leí recientemente, me recordó como el tema se trata ad nauseaum, como si fuera hecho de copia/pega desde un libro maestro. El dicho artículo lo tenía todo, he iba algo como sigue:

  • Que el antisemitismo es tan antiguo como la humanidad misma.
  • Que es el resultado de una paranoia irracional de los gentiles.
  • Que es una forma de victimización sobre un pueblo inofensivo y productivo.
  • Que cómo es posible que nosotros como judíos, con una cultura perenne de amar y respetar a otros y la santidad de la vida humana, puede obtener tanto odio en retorno.
  • Que cómo es posible que un pueblo que le ha dado tanto a la humanidad en los ámbitos de la ética, ley y ciencia le respondan con tanto odio.
  • Y la última adición: Cómo es posible que un país tan maravilloso, exitoso y democrático como es el estado de Israel le respondan con tanta envidia y odio, un país cuyo único deseo es vivir en paz y ofrecer un lugar seguro para los judíos en todas partes.
  • Por qué, en suma, la humanidad tan persistentemente nos ha odiado, y nos ha tratado de destruir en todas las épocas.

En cierto punto, el dicho artículo lanza la dolorosa pregunta: “¿Cómo podemos enseñar amor en un mundo tan lleno de odio?”

La manera en que la respuesta es abordada como la opción obvia e irrefutable es porque es todo debido a las mismas fallas y defectos de los gentiles, y ya que están indispuestos a culparse ellos mismos por sus faltas, el conveniente chivo expiatorio es el pueblo judío.

A final de cuentas, el discurso del artículo, como si calcado en papel carbón, nos informa que el pueblo judío prevalecerá porque somos “fieles a nuestra tradición” y a “nuestra colectiva memoria judía”.

Eso no quiere decir que la anterior lista de compras no contiene ningún grano de verdad, pero representa una gran falta de servicio al pueblo judío en cómo lidiar con el antisemitismo, y hace mucho menos en instruir a cualquier persona en cómo manejarlo.

Mi interés en el historial sefaradí de mi propia familia me ha traído cara a cara con la desgarradora historia del antisemitismo en España en muchas de sus facetas, antes y después de la Expulsión de 1492. El término “antisemitismo” es muy moderno, y sólo fue asignado en el s. XIX, pero las corrientes informando tal tipo de odio como lo conocemos hoy en día pueda que daten al s. I de nuestra era, e incluso antes.

Ya ha habido muchas definiciones y racionalizaciones del término, sin embargo, en su más pura y simple expresión, es solamente odio a los judíos sólo por el simple hecho de odiar a judíos, por la simple razón que somos un pueblo llamados el pueblo judío.

El haber estudiado la historia judía, particularmente la de los sefaradíes, y la Ley judía me ha permitido comprender cómo los líderes laicos y religiosos de la comunidad han lidiado con el tema en el pasado, el cual es literalmente un salto cuántico en la manera en que el liderazgo judío de hoy lidia con el mismo. Los escritos seminales de Faur sobre el sujeto has sido extremadamente esclarecedores.

En su “Antisemitismo en la mente sefaradí[1]”, Faur relata cómo los judíos sefaraditas retuvieron una memoria idílica de España, aún cuando habíamos sido sujetos a los más horridos crímenes en la historia.

“A parte de los vicios de codicia y soberbia, se le imputaba [a los sefaradíes] el libertinaje, la homosexualidad, deslealtad y ser corruptor de libros sagrados. Como objeto de odio religioso, se le imputaba el asesinato ritual de niños”. (Mis corcheas)

Citando un comentario de J.D. Abramsky sobre la obra maestra de Salomón ibn Verga (1460-1554), Shebét Yehudáh,

“El problema que nos planteamos, y cuya solución es el objetivo principal de este estudio es ¿por qué rehusó el sefaradí acentuar su experiencia trágica en Sefarad, presentándonos en su lugar un cuadro idílico? ¿Cuál es la estrategia de esa historiografía optimista?”

Refiriéndose a Reflexions sur la question juive de Jean-Paul Sartre (1946), Faur nos indica cómo el agresor y la víctima establecen un nivel de cooperación, “se estimulan e identifican como el «adversario» y la causa de sus propias desgracias … se utilizan mutuamente como excusa expiatoria para evadir toda responsabilidad propia”.

El agresor adquiere la identidad de la víctima, y la víctima adquiere el papel del agresor. La estrategia sefaradí y del judaísmo tradicional en contra del antisemitismo es precisamente el evitar establecer ésta reciprocidad.

La memoria de los abuelos sefaradíes y la historiografía sefaradí se encuentra repleta de historias optimistas en demasía. España es un paraíso florido, donde el aprendizaje religioso, literario y científico prosperó; la mayoría de los reyes, la nobleza y el pueblo nos amaban y protegían, y sólo teníamos muy pocos enemigo a quienes Dios fulminaba con furia; incluso la “(«Expulsión») está marcada por portentosos milagros, que amparaban a los desterrados, y les resolvían cualquier obstáculo que se le podía presentar”.

En la raíz de la estrategia en contra del antisemitismo, dice Faur, se encuentra el reconocimiento de la autonomía absoluta del Pueblo de Israel—garantizado por el berit, o Alianza, entre Dios e Israel al pie del Monte Sinaí. Ésta autonomía hace que el Pueblo de Israel sea absolutamente responsable por su propio destino. El culpar a otras naciones por la tribulaciones de Israel equivale a denegar la autonomía de Israel. El antisemita, Faur explica, “se ha de concebir como un mero «instrumento»—no como la causa—de las penas de Israel”.

Ésta actitud de hecho se remonta a una advertencia que Moisés lanza al Pueblo de Israel (Deut. 28:15-16, 25 et al)[2],

“15 Pero acontecerá, si no oyeres la voz de EL SEÑOR tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te intimo hoy, que vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te alcanzarán. 16 Maldito serás tú en la ciudad, y maldito en el campo… 25 EL SEÑOR te entregará derrotado delante de tus enemigos; por un camino saldrás contra ellos, y por siete caminos huirás delante de ellos; y serás vejado por todos los reinos de la tierra”.

A través de la historia, los rabinos han dado distintas razones por las tragedias del pueblo judío. La destrucción del segundo Templo por los romanos es atribuido a un odio sin razón entre dos judíos, quienes habían dado una mala impresión al César y nos salió contraproducente (TB Gittin 56a). La muerte de los estudiantes del Rabino ‘Aquibá fue porque no se condujeron con respeto entre ellos mismos (TB Yebamót 62b). Los rabinos en España atribuían las persecuciones a varones judíos que dormían con consortes, dados a la avaricia y auto-engrandecimiento. En tiempos más modernos, Faur indica en su artículo, la animosidad entre los cristianos y judíos de Roma era debido a algunas malas costumbres y comportamiento indignante originándose en la comunidad judía[3].

En vez de dar alguna razón escatológica trascendental por el sufrimiento de Israel, los rabinos y sus sucesores—siguiendo los pasos de los Profetas de Israel—trataban de buscar explicaciones realistas que se centraran en la responsabilidad de Israel.

La ética judía es un sistema cuidadosamente calibrado con patrones de comportamiento, construidos sobre reciprocidad, amabilidad, sobriedad, abnegación y compostura. Ningún otro libro en la tradición judía sintetiza esos resultados mejor que el tratado Hilekhót De‘ot de Maimónides. Para el sistema Maimonista-Gaónico que sacaba lecciones desde los Sabios del Talmud hasta personalidades Bíblicas, la finalidad de la ortopraxis judía, la observancia de los preceptos Bíblicos y Rabínicos, es construir una mejor sociedad por medio de mejores individuos. Ya que los preceptos Bíblicos por sí mismos no dan la razón de su ser, se estimula a pensar sobre los posibles propósitos positivos y beneficiosos de su existencia, los cuales todos ellos son sumariados como, “todos los caminos de la Toráh son paz”.

La ortopraxis judía establece las relaciones éticas entre judíos, y así también entre los judíos y no-judíos. Desde el tiempo de los Patriarcas, los valores judíos se han interesado en mantener la buena reputación en medio de una mayoría no-judía, ya sea en la Tierra de Israel en medio de todas las naciones o en la Diáspora en medio de una mayoría no-judía. No es solamente un interés de diplomacia, pero simplemente de decencia básica humana y respeto mutuo.

Es de esta manera que la jurisprudencia de Israel ha tenido leyes como la prohibición de prestamos con intereses para judíos a aplicarse a tener sólo intereses marginales cuando se le presta a un no-judío; o proscribir vestimentas extravagantemente arrogantes en medio de un ambiente no-judío, para así no causar su envidia.

Debido a estas restricciones legales anti-corrupción en el judaísmo, durante el medio evo los judíos eran totalmente confiados a ser banqueros y realizar transacciones comerciales por los gobernantes no-judíos y la población en tierra musulmanas. Sin embargo, cuando la tradición asquenazí rompió con la interdicción talmúdica de cobrar intereses marginales en préstamos hechos para no-judíos, lo cual derivó en usura, esto ha traído consecuencias horribles a la vida judía, todavía a ser exploradas y mencionadas amplia y públicamente en la academia y medios judíos de hoy.

Éstas son las maneras en que la tradición judía ha dirigido las relaciones entre judíos y no-judíos, para no establecer la reciprocidad mental entre la víctima y el agresor. Hoy por hoy, el liderazgo judío dominado por los asquenazíes-laicos-como-religiosos-de-extrema-derecha ha casi, si no del todo, abandonado éstas tradiciones ancestrales, así absorbiendo por entero la reciprocidad víctima-agresor en la historia no-judía.

El lado judío actual de la paradoja del antisemitismo es el no darse cuenta que los valores en función en el mundo judío ciertamente han establecido ésta reciprocidad mutua, la cual atenta de excusar a los judíos de cualquier responsabilidad, y cuyos puntos preferidos fueron descritos perfectamente al principio de este artículo.

En el lado no-judío, el tema es mucho más complicado. La gente no cambia de la noche a la mañana. Esto ya lo sabía Maimónides en el s. XII. Los psicólogos lo han reconfirmado desde el s. XIX. Existe una razón el por qué la psicología moderna ha creado métodos para reformarse de malos hábitos, que se llama “terapia”. La Toráh, la tradición judía, es una terapia continua que lleva 3,500 años que sirve para recuperarse de los malos hábitos de la humanidad pagana ancestral, la cual nuestro liderazgo judío actual—sea religioso o laico—se le ha olvidado o abandonado completamente. El comportamiento ejemplar de esta terapia de Toráh es la “luz para las naciones”, que trabaja en concierto con el resto de la humanidad, en mi humilde opinión de la tradición judía, como la Merkabáh—el carruaje divino—dirigiendo el destino humano. Tenemos la opción de auto-destruirnos o mantener-y-desarrollar nuestra existencia.

El antisemitismo en la civilización occidental tiene una historia compleja, pero está basado en la idea básica del “Nosotros” los civilizados-más-santos-que-tú versus los menos-que-basura “Ellos”, que había sido parte de la civilización grecorromana por siglos. La cristiandad solo vino a ataviarlo con una nueva retórica que se enfocaba en los judíos específicamente, y de ahí se desarrolló en toda clase de acusaciones y leyendas destinadas a oprimir y perseguir a los judíos.

Aunque la civilización occidental se llegó a secularizar durante el curso de los ss. XIX y XX, al aplicar la separación del estado y la iglesia, los elementos xenofóbicos apuntalando sus valores permanecieron sin cambio alguno. Esto llegó a ser más que evidente en la era nazista.

El genocidio planeado de los judíos, y otras minorías y disidentes indeseables, por la Alemania Nazi fue un shock a la psique europea después de la guerra. La pregunta general entonces y ahora formulada por los intelectuales de occidente fue: ¿Cómo es posible que una Alemania tan liberal y secularizada se haya hundido en tal depravación? Muchas apologías y polémicas han resultado de ello, pero todas ellas carecen de cualquier importante profundidad histórico-psicológica.

He visto algunos documentales de cómo los alemanes han tratado el tema, y parece ser que el Holocausto es un tema que prefieren no hablar de ello. Les traumatiza. Es una disonancia cognitiva que están indispuestos o imposibilidades de procesar mentalmente, entre la imagen que tienen de ellos mismos y las realidades atroces del Holocausto.

Aún cuando no hay otro país que haya hecho más gestos públicos de disculpa por las atrocidades de la segunda guerra mundial, construido más monumentos para conmemorar la memoria de los judíos que murieron ahí, incluso prohibió la negación del Holocausto como libre expresión, colectivamente los alemanes parecen traer consigo un complejo de culpa encerrado, sin crear terapia alguna para salir de ello. Es irónico, siendo que Alemania es la tierra que dio nacimiento a los más brillantes psicoanalistas, y mucho más irónico al saber que muchos de ellos eran judíos.

Fuera del colectivo alemán, el colectivo europeo no ha tratado el tema del antisemitismo-que-lleva-al-genocidio, ya que no fueron per se “activos” en la “Solución Final”, incluso si vieron pasivamente a los judíos siendo arreados para traslado; algunos supieron que lo que les estaban haciendo.

Como un agudo observador ya indicó, nada de esto hubiera pasado sin la existencia del odio milenario hacia los judíos en la cultura occidental gracias a la cristiandad.

En el lado judío, muchos judíos ignoran cuales son las cuestiones psico-culturales que conllevan al odio. Más allá de apuntar al odio antisemita de ser odio por causa del odio mismo, los gurús de nuestro liderazgo dominado por los asquenazíes, de cualquier índole ideológico, ni siquiera piensan en preguntarse las fuentes que generan tal odio, el cual es sobrellevado con los eventos que se desarrollaron durante la segunda mitad del s. XX. Esto sucede a pesar que ha habido académicos judíos brillantes que han analizado éste tema.

Entre las personalidades judías modernas de importancia en áreas de gran influencia, existe un número de personas belicosas, bandidos de Wall Street, e incluso molestadores sexuales disque-religiosos, quienes no solo le dan un mal nombre a los judíos, pero que incluso son protegidos por grupos de intereses dentro de la comunidad. Para hacer las cosas aún peor, existe la combinación del anti-sionismo como antisemitismo, donde cualquier criticismo al estado de Israel, ya venga de izquierda-centro-o-derecha, se equivale con antisemitismo. Estos pasos tratan de absolver a los delincuentes de cualquier responsabilidad y los judíos que se atrevan a hablar en contra de los caminos corruptos de las malas manzanas son debidamente perseguidas, terminadas, efectivamente neutralizadas o empujadas a los márgenes de la sociedad judía.

En suma, existe una negación cognitiva por ambas partes en lo que concierne a la cuestión del antisemitismo. Europa no analiza las profundas causas del antisemitismo en su historia, y el liderazgo actual dominado por los asquenazíes absuelve a los judíos—y al estado de Israel—de cualquier acto criminal o crea apologéticas elaboradas.

En tiempos pasados cuando las comunidades judías eran sociedades autónomas y auto-reguladas, existían medidas para controlar el comportamiento de los judíos que pudieran poner en peligro el buen nombre de la comunidad dentro de un ambiente no-judío. El caso de Benedicto Spinoza ilustra este punto perfectamente[4]. El advenimiento de las sociedades laicas “liberaron” a los judíos de conformarse y ser dependientes de los estándares éticos de la comunidad.

El advenimiento del estado de Israel hizo que los líderes religiosos se hicieran subordinados a los caprichos de los líderes laicos, para quienes los detalles y protocolos de la ética judía ancestral les vale un comino.

Las inmensas simpatías y apoyo occidental ganado después de la segunda guerra mundial han sido desperdiciados en favor de avanzar fines territoriales testarudos. Pudimos haber utilizado tal oportunidad histórica en asistir en el alivio de los demonios occidentales de la xenofobia.

Occidente solo le puso una tapa a los demonios, y los dejo enconarse. Ahora vemos sus feas cabecillas saliendo del pozo una vez más.

Para reparar el daño hecho por años de egoísmo y negligencia tomaría una colosal realización de parte del público en general, sea judío o no-judío, para así expulsar a los gremlins-pasando-por-líderes que han promovido y permitido tal estado de deterioro, y poner de vuelta en el centro voces razonables que buscan y construyen la paz y entendimiento mutuo.

De otra manera, las paradojas permanecerán,y cuyos fines ya estamos muy bien familiarizados.

______________________

[1] Faur, José. “Antisemitismo en la mente sefaradí.” La Rassegna Mensile di Israel terza serie, Vol. 49, No. 5/8, La Cultura Sefardita (Maggio-Giugno-Luglio-Agosto 1983), pp. 394-418. Publicado por: Unione delle Comunitá Ebraiche Italiane.

[2] Biblia versión Reina de Valera, ed. 1960. Bibliaenlinea.org. 2015. Web. Enero 24 2015.

[3] Vea R. Roberto Bonfil, «Temuroth l’minhagim ha-datyim shel Yehudei Roma bitequfath kehunato

shel R’ Israel Mose Hazan», Scritti in Memoria di Enzo Sereni (Jerusalem, Editrice Fondazione 5aI1y

Mayer: 1970), pp. 228-251. Citado en “Antisemitismo en la mente sefaradí,” p. 411.

[4] Vea José Faur’s In the Shadow of History (State of New York Press, 1992), pp. 142-175.

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