Seguidísmo

Por: El rabino Jonathan Sacks

Image

Hay una secuencia fascinante de preceptos en el gran “Código de Santidad” con el que comienza nuestra parashá, que arroja luz sobre la naturaleza no sólo del liderazgo en el judaísmo, sino también del compañerismo de seguidores [seguidísmo]. Este es el precepto en contexto:

No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; reprenderás a [o razonarás con] tu prójimo con franqueza, para que no participes de su pecado. No te vengarás, ni guardarás rencor entre ninguno de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo El Señor. (Lev. 19: 17-18)

Hay dos formas completamente distintas de entender esas palabras en itálicas. Maimónides trae ambas como jurídicamente vinculantes.[1] Najmánides incluye ambas en su comentario de la Torá.[2]

La primera es leer el precepto en términos de las relaciones interpersonales. Alguien, usted cree, le ha hecho daño. En tal caso, dice la Torá, no permanezca en un estado de resentimiento silencioso. No ceda al odio, no guarde rencor, y no tome venganza. En su lugar, le convencerá, razonará con él, dígale lo que usted cree que ha hecho y lo que sientes cómo te ha hecho daño. Él puede pedir disculpas y tratar de hacer las paces. Incluso si no lo hace, por lo menos usted ha dado a conocer sus sentimientos. Eso en sí mismo es catártico. Esto ayudará a evitar alimentar un agravio.

La segunda interpretación, sin embargo, ve el precepto en términos impersonales. No tiene nada que ver con que puedas ser perjudicado. Se refiere a alguien que ves actuando equivocadamente, cometiendo un pecado o un crimen. Puede que usted no sea la víctima. Usted puede ser un mero observador. El precepto nos dice que no hay que contentarse con solo pasar un juicio negativo sobre el comportamiento del prójimo (es decir, “odiarlo en tu corazón”). Debe involucrarse. Usted debe protestar con él, señalando en la más gentil y constructiva manera que pueda, que lo que está haciendo es contrario a la ley, sea civil o moral. Si se queda en silencio y no hace nada, usted se convertirá en cómplice de la culpa del prójimo (es decir, “llevará pecado por causa de él”), porque usted lo vio hacer el mal y usted no hizo nada para protestar.

Esta segunda interpretación es posible sólo debido al principio fundamental del judaísmo que kol Israel arevin zeh ba-ze, “Todos los judíos son garantías [es decir, responsables] de unos a otros”. Sin embargo, el Talmud hace una observación fascinante sobre el alcance del precepto:

Uno de los rabinos le dijo a Rabá: [La Torá dice] hokheach tokhiach, que significa “reprenderás a tu prójimo repetidamente” [ya que el verbo es doble, implica más de una vez]. ¿Podría esto significar hokheach, reprenderlo una vez, y tokhiach, por segunda vez? No, respondió; lo que significa la palabra hokheach es [reprender] incluso cien veces. ¿Por qué entonces se agrega la palabra tokhiach? Si hubiera habido un solo verbo yo hubiera sabido que la ley se aplica a un maestro reprendiendo a su discípulo. ¿Cómo sabemos que se aplica incluso a un discípulo reprendiendo a su maestro? De la frase, tokhiach hokheach, lo que implica en todas las circunstancias.[3]

Esto es significativo porque establece un principio de seguidísmo crítico. Hasta ahora, en estos ensayos hemos estado buscando en el papel que juega el líder en el judaísmo. Pero ¿qué pasa con la del seguidor? Superficialmente hablando el deber del seguidor es seguir, y la del discípulo es aprender. Después de todo, el judaísmo impone respeto casi ilimitado hacia los maestros. “Que la reverencia por su maestro sea tan grande como su reverencia por los cielos”, dijeron los sabios. A pesar de esto, el Talmud entiende que la Torá nos ordena a protestar, incluso con nuestro maestro o líder si lo o la vemos haciendo algo mal.

Supón que un líder ordena que hagas algo que sabes que está prohibido en la ley judía. ¿Deberías de obedecer? La respuesta es un categórico No. El Talmud pone esto en forma de una pregunta retórica: “¿Ante la posibilidad de elegir entre obedecer al amo [Dios] o el discípulo [un líder humano], a quien hay que obedecer?”[4] La respuesta es obvia: Obedece a Dios. Aquí en la ley judía se encuentra la lógica de la desobediencia civil, la idea de que tenemos el deber de desobedecer una orden inmoral.

Luego se encuentra la gran idea judía de un cuestionamiento activo y el “argumento por causa de los cielos”. Los padres tienen la obligación, y los maestros son alentados, para capacitar a los estudiantes a hacer preguntas. El aprendizaje tradicional judío está diseñado para que el maestro y el discípulo por igual sean conscientes del hecho de que más de un punto de vista es posible sobre cualquier cuestión de la ley judía y las múltiples interpretaciones (el número tradicional es de setenta) de cualquier verso bíblico. El judaísmo es único en el hecho de que casi todos sus textos canónicos—Midrásh, Mishná y Guemará—son antologías de argumentos (Rabí X dijo esto, el Rabino Y dijo eso) o están rodeados de múltiples comentarios cada uno con su propia perspectiva.

El acto mismo de aprendizaje en el judaísmo rabínico se concibe como un activo debate, una especie de combate mental de gladiadores: “Incluso un maestro y discípulo, incluso un padre y un hijo, cuando se sientan a estudiar Torá juntos se convierten en enemigos entre sí. Pero ellos no se mueven de allí hasta que se amen el uno al otro”.[5] De ahí el dicho talmúdico: “Mucha sabiduría he aprendido de mi maestro, más de mis colegas, pero la mayoría de mis estudiantes”.[6] Por lo tanto, a pesar del respeto que les debemos a nuestros maestros, les debemos también nuestros mejores esfuerzos a cuestionar y desafiar sus ideas. Esto es esencial para el ideal rabínico del aprendizaje como una actividad colaborativa para perseguir la verdad.

La idea del seguidísmo crítico dio origen en el judaísmo a los primeros críticos sociales del mundo, los profetas, encomendados por Dios para decir la verdad al poder y convocar incluso a los reyes al estrado de la justicia y la conducta correcta. Eso es lo que hizo Samuel a Saúl: Elías a Ajab e Isaías a Ezequías. Ninguno lo hizo con más eficacia que el profeta Natán, cuando, con gran habilidad, logró que el rey David apreciara la enormidad de su pecado por dormir con la esposa de otro hombre. David reconoció de inmediato su error y dijo chatati, “He pecado”.[7]

A pesar de lo excepcional que eran los profetas de Israel, incluso sus logros ocupan el segundo lugar a uno de los fenómenos más notables de la historia de la religión, a saber, que Dios mismo escoge como sus más queridos discípulos las mismas personas que estaban dispuestas a desafiar el cielo mismo. Abraham dice: “El Juez de toda la tierra no hace justicia?” Dice Moisés: “¿Por qué has hecho mal a este pueblo?” Jeremías y Habacuc desafían a Dios en las aparentes injusticias de la historia. Job, que argumenta con Dios, es finalmente vindicado por Dios, mientras a los que le proveen confort, que defendieron a Dios, son considerados por Dios como malos obradores. En resumen, Dios mismo elige seguidores críticos activos en vez de aquellos que en silencio obedecen.

De ahí la conclusión inusual que en el judaísmo el seguidísmo es tan activo y exigente como el liderazgo. Podemos poner esto más enfáticamente: los líderes y los seguidores no se sientan en lados opuestos de la mesa. Ellos están en el mismo lado, en el lado de la justicia y de la compasión y del bien común. Nadie está por encima de la crítica, y nadie demasiado joven para administrarla, si se hace con la debida gracia y humildad. Un discípulo puede criticar a su maestro; un niño puede desafiar a uno de sus padres; un profeta puede desafiar a un rey; y todos nosotros, simplemente por llevar el nombre de Israel, somos convocados a luchar con Dios y nuestros semejantes en nombre del derecho y el bien.

Seguidísmo acrítico y hábitos de obediencia silenciosos dan lugar a la corrupción del poder, o a veces simplemente a catástrofes evitables. Por ejemplo, una serie de accidentes mortales se produjeron entre 1970 y 1999 con los aviones pertenecientes a Korean Air. Uno en particular, el vuelo aéreo Korean Air 8509 en diciembre de 1999, dio lugar a una auditoría que sugirió que la cultura coreana, con su tendencia hacia el liderazgo autocrático y seguidísmo deferente, pudieron ser los responsables para que el primer oficial no advirtiera al piloto que estaba fuera de curso. John F. Kennedy reunió a uno de los grupos más talentosos de asesores nunca antes visto para servir a un presidente estadounidense; sin embargo, con la invasión de la Bahía de Cochinos de Cuba en 1961 cometió uno de los errores más estúpidos. Posteriormente, uno de los miembros del grupo, Arthur Schlesinger Jr., atribuyó el error a que la atmósfera dentro del grupo era tan agradable que nadie quería perturbarla al señalar la locura de la propuesta.[8]

El pensamiento de grupo y el conformismo son peligros perennes dentro de cualquier grupo muy unido, como una serie de experimentos célebres hechos por Solomon Asch, Stanley Milgram, Philip Zimbardo y otros han demostrado. Razón por la cual, en palabras de Cass Sunstein, “las sociedades necesitan la disidencia”. Mi ejemplo favorito es uno dado por James Surowiecki en The Wisdom of Crowds [trad., La inteligencia de las masas]. Cuenta la historia de cómo un naturalista estadounidense, William Beebe, se encontró con algo extraño en la selva de Guyana. Un grupo de hormigas soldado se movía en un gran círculo. Las hormigas dieron vueltas y vueltas en el mismo círculo durante dos días hasta que la mayoría de ellas cayeron muertas. La razón es que cuando un grupo de hormigas soldado se encuentra separado de su colonia, obedecen a una regla simple: seguir la hormiga en frente de ti.[9] El problema es que si se pierde la hormiga en frente de ti, así tú también.

El argumento de Surowiecki es que necesitamos voces disidentes, las personas que desafíen la sabiduría convencional, resistan el consenso de moda y perturben la paz intelectual. “Siga la persona frente a ti” es tan peligroso para los seres humanos como lo es para las hormigas soldado. Para estar al margen y estar dispuesto a cuestionar a donde el líder se está dirigiendo es la tarea del seguidor crítico. El liderazgo ocurre cuando hay seguidísmo fuerte y mentalmente independiente. Por lo tanto, cuando se trata de una crítica constructiva, un discípulo puede desafiar a un maestro y un profeta reprender a un rey.

De “Kedoshim (5774) – Followership.” Covenant and Conversation, Abril 23, 2014.

Traducido por David Ramírez, todos los paréntesis cuadrados son míos.

 

Notes

[1] Maimonides, Hilkhot Deot 6:6-7.

[2] Nahmanides, Commentary to Leviticus 19: 17.

[3] Baba Metzia 31a.

[4] Kiddushin 42b.

[5] Kiddushin 30b.

[6] Ta’anit 7a.

[7] 2 Samuel 12: 13.

[8] Consulte Cass Sunstein, Why Societies Need Dissent, Harvard University Press, 2003, 2-3.

[9] James Surowiecki, The Wisdom of Crowds, Little, Brown, 2004, 40-41.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s