Cristo nonato: Una somera reseña conjunta de The Gospel According to the Jews y el Caesar’s Messiah

Por David Ramírez

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En esta reseña se intentará cubrir dos libros que conforman una crítica al Jesús histórico, el supuesto fundador del cristianismo y la Iglesia cristiana primitiva. El primero de ellos se titula The Gospel According to the Jews [El Evangelio según los judíos] (Moreshet Sefarad, 2012), escrito por el erudito rabínico José Faur, ofrece una perspectiva única a base de fuentes judías y romanas. El segundo, titulado Caesar’s Messiah [El Mesías de César] (Ulysses Press, 2005), escrito por el investigador independiente Joseph Atwill, nos da una perspectiva radical, fresca e innovadora basada en un análisis literario comparativo entre el Evangelio canónico (Mateo, Marcos , Lucas y Juan) y las obras de Flavio Josefo. A través de diferentes metodologías y supuestos, tanto Faur como Atwill coinciden en que el cristianismo fue una creación romano-alejandrina para la manipulación de las masas, que finalmente se cristalizó con la formalización de la Iglesia Católica como la única institución religiosa oficial y absoluta del imperio en el s. IV EC (Era Común). La razón por la que me decido a escribir tal reseña conjunta, más allá de mencionar los méritos de ambas tesis, es para señalar que en ciertos aspectos de sus razonamientos y la gestión de las fuentes no me parecieron coherentes, y también para indicar que al leer y teniendo en cuenta ambas tesis simultáneamente, una tercera posible explicación de cómo el cristianismo se originó pueda surgir.

Como cláusula de divulgación, les comunico que no estoy familiarizado con las obras de Flavio Josefo ni la academia que lo rodea, por lo que no voy a ser demasiado crítico del análisis textual comparativo de Atwill a cualquier nivel, sin embargo voy a mencionar los puntos buenos que creo que valen la pena para consideración, así como sus debilidades. En preparación para esta reseña, no sólo me leí su Caesar’s Messiah, sino también sus reseñas (pro y contra), su blog donde Atwill responde a sus críticos y entrevistas donde Atwill explica y aclara las ramificaciones de su obra. Tampoco soy un erudito en la Judea del siglo primero o los primeros cristianos; aunque conozco un poco de tales estudios y sus controversias académicas, estos son temas a los cuales no invierto en dilucidar mucho, ni tiempo para su estudio ya que mi concentración está en los estudios rabínicos y la historia sefaradí, motivo por el cual estoy más dedicado a la obra de Faur e íntimamente familiarizado con sus escritos. Yo, como Faur, soy un judío sefaradí cuyo propio destino histórico ha sido claramente afectado por el cristianismo en maneras principalmente negativas, sobre todo por la Iglesia Católica, los efectos de los cuales tenemos que vivir todavía hasta el día de hoy. Así que no puedo decir que estoy libre de mis propios prejuicios y rencores, o voy a permanecer en silencio o deferente al respecto cuando se me pregunte. Sin embargo, con el fin de ser sensible a los cristianos de fe hoy día que podrían estar leyendo esta reseña— y quienes no tienen la culpa de cómo vino a ser su religión hace 2.000 años—debo advertirles que la deconstrucción que Faur y Atwill hacen de esa historia y los textos de los primeros cristianos podría ser incendiaria e iconoclasta a sus propias creencias, pero al mismo tiempo debo señalar que los cristianos—pasados como presentes—se han involucrado y siguen involucrándose en la deconstrucción, a veces la destrucción, de la historia y los textos judíos—e incluso del pueblo judío. Haga una pausa y reflexione sobre eso por un momento. Las obras de Faur y Atwill no son un juego para ajustar cuentas con las masas, lejos de ello. Ambos reconocen las cosas buenas que el Jesús de los Evangelios ha inspirado a los hombres de buena voluntad hacer; sus obras, en última instancia, son una advertencia de cómo una élite política ha empleado la religión y Dios para pacificar, esclavizar y manipular a las masas, al mismo tiempo que hacer de chivos expiatorios a las minorías o disidentes, entre cuyos favoritos han sido los judíos. Siendo que la civilización occidental le debe mucho a los eventos que sucedieron entre el primer y cuarto siglo, creo que nadie puede permanecer indiferente ante la figura de Jesús, ya sea pensado como real o imaginario. Mi reseña es mi propia respuesta a la misma: ahora, comencemos con ella.

La tesis de Faur propone que el Jesús histórico que judíos y judíos cristianos conocieron era un hechicero con problemas mentales, con estrechos vínculos con la servil élite judía recaudadora de impuestos para el imperio, y quien tuvo la desgracia de tener dificultades con las autoridades romanas, que a su vez lo condenaron a muerte sin justificación real. Por otra parte, explica por qué el Evangelio canónico es una versión retocada no-judía cristiana—basada en la vida histórica de Jesús, cuyos originales seguidores judíos fueron finalmente aplastados por sus competidores cristianos gentiles, y sus escritos destruidos por dichos competidores—con el propósito de demonizar, burlarse y reemplazar a los judíos como verus Israel. La tesis de Atwill intenta demostrar que la figura de Jesús es un personaje ficticio creado por asimilados judíos grecorromanos que trabajaban para la dinastía Flavia (69-96 EC), con el fin de burlarse de una serie de líderes judíos fanáticos rebelándose contra los romanos en el siglo primero, y al mismo tiempo crear una versión pasiva del judaísmo mesiánico servil al imperio, que finalmente eclipsaría al agresivo.

El The Gospel According to the Jews de Faur se divide en cuatro secciones: Choque de Civilizaciones (I), Jesús: Vida y Ministerio (II), Juicio de Jesús (III) y La Alianza Cruz-Espada (IV.) En la Sección I, Faur da una somera introducción sobre las diferencias entre el pensamiento pagano y judío, que sirve de fondo a la psicología del mundo antiguo donde el judaísmo floreció y el cristianismo vio luz la primera vez. En la Sección II, Faur nos da una lectura judía de los evangelios cristianos, donde se aventura a extrapolar la personalidad y los antecedentes sociales del Jesús evangélico y lo compara con las pocas menciones y alusiones a Jesús que se encuentran en el Talmud, y las referencias en las fuentes paganas y judeocristianas existentes. En la Sección III, el libro muestra cómo toda la escena de la pasión de Jesús es sorprendentemente similar a la versión del juicio de Carabás[1], una obra burlesca del s. I diseñada por las turbas alejandrinas para burlarse del rey judío Herodes Agripa (10 AEC – 44 EC), según lo registrado en el siglo primero por el filósofo judío Filón de Alejandría (20 AEC – 50 EC). Faur especula que la pasión de Jesús, el acontecimiento más importante en la teología cristiana, fue diseñada para la representación teatral con el fin de cautivar emocionalmente a un público desprevenido. La Sección IV describe el matrimonio entre la religión y el poder político al servicio del Estado romano, y dentro de este proceso, el secuestro de las Escrituras Hebreas para nulificarlas, y presentar una nueva versión “mejorada” (el Nuevo Testamento) amigable a los intereses romanos. Estos mecanismos, una vez diseñados y desplegados, se han utilizado repetidamente en la historia de Occidente, ya sea en sus iteraciones religiosas o seculares.

La sección que más provocó mi pensamiento era la número II. Por un lado, porque Faur se da la molestia de hacer un paralelo entre el Jesús de los Evangelios y el de las breves alusiones del Jesús que se encuentran en el Talmud. Entre los aspectos más destacados de este paralelismo es la descripción de las relaciones amistosas de Jesús con los publicanos, las élites recaudadoras de impuestos que trabajan para los romanos, y las prostitutas; y ferozmente hostil a los fariseos y normas judías de conducta. Estos episodios suelen ser percibidos por los fieles cristianos como un Jesús amigo de los parias y enemigo de las autoridades opresivas. Sin embargo, el hecho que pasa desapercibido es el papel que los publicanos jugaron en la antigua Roma. En palabras de Heber Youtie,

“El publicani llegaba a un acuerdo con cada pueblo y acordaba la aceptación de cantidades fijas. Las ciudades juntaban los propios impuestos. Esta fue una demostración de la autonomía fiscal que al final no tuvo sentido. Las empresas publicanas prestaban dinero a los pueblos para que pudieran cumplir con sus obligaciones, y las ciudades no tardaron en adquirir una deuda interminable. Junto con la connivencia con magistrados corruptos, [los publicani] empobrecieron las provincias a beneficio de su propio engrandecimiento. Este dispositivo de préstamo de auto-perpetuación es una característica de las empresas depredadoras que, lamentablemente, aún florecen. En última instancia, el publicani se convirtió en una amenaza para el imperio”.[2]

Y la pregunta que Faur lanza con tales relaciones es,

“Debemos tener en cuenta que estos hombres eran criminales desalmados, que hicieron la ocupación romana de la tierra de Israel posible. El asociarse con este tipo de criminales en los tiempos de Jesús no era menos ofensivo para los judíos de la época de lo que era para los franceses, cuando sus hombres y mujeres fraternizaban con los nazis durante la ocupación alemana (1940-1944)”. (Sección II, Parte 12)

Efectivamente, incluso para los estándares de hoy en día, ¿cómo alguien de la sociedad respetable estaría dispuesto a seguir un líder religioso o político que hace un hábito de amartelarse públicamente con extorsionadores y prostitutas conocidos?

El Caesar’s Messiah de Atwill se divide en 16 capítulos, con una introducción y conclusión. Su enfoque es mucho más simple, sin embargo, sus análisis textuales comparativos son a veces transparentemente convincentes y a veces demasiado enrevesados. Atwill comienza su tesis explicando el complejo panorama político de la Judea del primer siglo bajo el control romano, el acomodamiento de los judíos asimilados con sus señores romanos y las motivaciones de la dinastía Flavia y sus acólitos para interceder y aplacar a los disidentes judíos. Atwill intenta crear un caso que compruebe que la secuencia de eventos que se encuentran en el Evangelio canónico oficial y la Guerra de los judíos de Flavio Josefo son sorprendentemente demasiado similares entre sí para ser ignorados. Esta comparación con las historias del Evangelio se realiza a través de una delineación de los detalles históricos de la campaña militar romana, según lo escrito por Flavio Josefo, para reprimir violentamente a los revolucionarios judíos que trataban de liberar a Judea de la dominación romana, y vincula sus similitudes a través de la analogía y algunas posibles conexiones filológicas. Para Atwill, los Evangelios son como una sátira que refleja la verdadera historia de la guerra romana contra los judíos. Esta sátira, según su tesis, se utilizó como una forma de entretenimiento para la élite Flavia, una con que burlarse ante el genocidio de judíos que se habían atrevido a desafiar la dominación romana, y en particular para mofarse de los líderes insurgentes judíos—ahora personificados en el Jesús de los Evangelios—incitando la rebelión. Sin duda alguna, otra costumbre romana para pasar un momento de relajamiento placentero presenciando un espectáculo de muerte tan preciado por la civilización romana, donde—por supuesto—mostraba a todos quién era el jefe. Solamente la educada élite Flavia familiarizada con las obras de Flavio Josefo, según Atwill, sería capaz de decodificar esta sátira encapsulada dentro de los Evangelios, los cuales deben ser leídos como un ensamble para juntar la suma de la totalidad. Con el tiempo, Atwill especula, la gente se olvidó que estos relatos evangélicos eran representaciones satíricas de la historia, y se convirtió en la mismísima historia de la vida de Jesús.

Hasta aquí hemos revisado los principales aspectos de ambas tesis. Ahora voy a explicar lo que no encontré coherente con las dos obras.

Basándose únicamente en la fiabilidad de las fuentes disponibles, hay varias cosas que hay que poner en consideración. En el caso de The Gospels According to the Jews de Faur, que se apoya en fuentes talmúdicas, y las referencias a judíos cristianos y sus escritos—los que supuestamente conocieron a Jesús de primera mano, y sus descendientes—existentes en fuentes cristianas y musulmanas. Las historias y discusiones legales en el Talmud fueron reunidas entre los siglos tercero y quinto (durante la consolidación del cristianismo y antes del advenimiento del Islam) en la Babilonia sasánida—región que comprende la actual Irak, donde los cristianos siempre han constituido una minoría hasta el día de hoy. Y el propio Talmud fue probablemente puesto en escrito hasta entre los siglos octavo y décimo[3]. Las fuentes cristianas que hablan de judíos cristianos, y endebles alusiones a sus escritos, vienen del siglo segundo (Orígenes) y el siglo tercero (Eusebio), y una fuente musulmana de alrededor de los siglos X y XI[4] que habla de una comunidad sobreviviente de judíos cristianos. En el caso de Caesar’s Messiah de Atwill, el Evangelio canónico como lo conocemos hoy en día no fue elaborado y sancionado por la Iglesia del emperador romano Constantino hasta el siglo cuarto[5] y en relación con las obras de Flavio Josefo como las conocemos hoy en día, son altamente sospechosas de haber sido adulteradas por escribas cristianos durante la Baja Edad Media[6]. No hay ni una sola obra existente o pedazo escrito de papiro, fragmento de arcilla o de piedra del siglo primero que tenga una referencia completa acerca del Jesús del Evangelio como evidencia clara e irrefutable[7]. Únicamente desde el punto de vista historiográfico, estamos—en palabras del erudito bíblico Robert Eisenman revisando la investigación de Atwill—“mirando hacia el abismo.”

Las fuentes talmúdicas que aluden a Jesús son muy breves, a veces vagas y mutuamente contradictorias. Son diferentes historias, diferentes “Jesuses” posibles, diferentes cronologías y diferentes versiones de un mismo texto[8]. Siendo que el Talmud es una colección de declaraciones de distintos rabinos que vivieron en distintos períodos históricos, hubiera sido esclarecedor si Faur nos hubiera provisto un capítulo o sección dedicada a esas fuentes, o al menos las que él elige utilizar, y categóricamente explicar por qué esas declaraciones talmúdicas que escoge son pruebas contundentes para sus presupuestos base. Por otra parte, Faur, que es un erudito del Talmud, no nos dice cuáles son los calificadores para esas declaraciones rabínicas. En otras ocasiones, Faur es bastante exigente para presentar los manuscritos más confiables y la explicación contextual de cualquier texto talmúdico que utilice, así como los matices filológicos y el contexto histórico del mismo. Esta vez no lo ha hecho. ¿Y cómo podemos saber que cualquier alusión a Jesús en el Talmud no fue matizada en respuesta a los intentos misioneros de las sectas cristianas que vivían entonces en la Babilonia sasánida?

La presentación de Faur de Jesús desorienta mucho. Comienza como un polemista, y termina como un apologista. En sus intentos de probar tanto con las historias del Evangelio y las declaraciones del Talmud que Jesús era un hechicero con problemas mentales, con estrechos vínculos con la élite asimilada recaudadora de impuestos judíos que trabajaban para los romanos (que incluye una buena dosis de los malos hábitos de Jesús, entre muchos otras cosas), Faur juega el polemista. Luego nos presenta en la Parte 17 una posición ambigua de los rabinos hacia Jesús, y que sugiere que los rabinos no creían que los Evangelios eran informes creíbles del Jesús real. Al final de la sección II, declara en una posdata que: “Yo personalmente no creo que la conducta abusiva que la Escritura cristiana atribuye a Jesús se basa en hechos históricos”.  La Sección III termina con un argumento que los Evangelios son una invención alejandrina. Esa montaña rusa de opiniones me dejó preguntándome, al final, ¿cuál es la lectura judía de Faur de los Evangelios?

El Caesar’s Messiah de Atwill es mucho más consistente con el punto que trata de promover, pero en su intento de cuadrar su tesis comete una serie de conjeturas inverosímiles que necesitan ser reevaluadas. El ejemplo más claro es la idea de que los Evangelios fueron creados con el objetivo de diseñar una versión pacifista del judaísmo mesiánico que influiría a lo simpatizadores de los Sicarii, el grupo revolucionario que causaba estragos a la pax romana en el territorio de Judea. Los Sicarii eran los fanáticos religiosos judíos más violentos que se rebelaron contra el imperio romano, los cuales ni siquiera gozaban favor entre los judíos moderados. Los Evangelios no sólo contienen elementos de las creencias religiosas paganas, pero también cuentan con elementos contrarios a la sensibilidad judía: el nacimiento virginal, el canibalismo ritual de la Eucaristía, la violación del sábado, “dar a César lo que es del César”—para nombrar unos pocos. Es imposible, por ser extremos fanáticos religiosos, que los Sicarii siquiera remotamente tuvieran tales ideas, y mucho menos aceptarlas, sobre todo dar a César lo que quería, que no era sólo los impuesto, ¡sino también ser adorado como un dios! Éstas eran las mismas razones por las que constantemente se rebelaban. Siguiente es la idea de que la élite educada Flavia contrató a judíos alejandrinos para crear los Evangelios, incluyendo las cartas paulinas, a cuenta de que estaban más familiarizados con el judaísmo y por lo tanto capaces de crear una versión más creíble y apetecible para judíos. Por un lado, todo el esquema es demasiado complicado y demasiado sofisticado para una élite romana tan proclive a espectáculos mortíferos de gladiadores, bacanales, y dar rienda suelta a sus deseos sexuales, es decir, su interés no estaba en obras satíricas sofisticadas y sutiles que necesitan ser decodificadas en un momento de entretenimiento reflexivo, pero en mantener su poder que les daba la capacidad de solventar sus perversiones y excesos carnales descerebrados [9]. Por otro lado, nadie ni remotamente familiarizado con las costumbres y leyes judías podía aceptar la idea de que la convocatoria de la corte judía para conspirar el arresto de Jesús sucedió por la noche y en la víspera de la Pascua—como los evangelios retratan. ¡Cualquier persona familiarizada con los judíos entonces en la antigüedad pagana y hoy sabría y sabe que tan involucrados y complejos son los preparativos para la fiesta de Pascua que impide considerar la idea de traer a una persona mentalmente inestable (Jesús) a juicio, por un “delito” (decir ser mesías) que no merece ni remotamente cualquier castigo bajo la ley judía! Además, dado el hecho de que había muchas figuras quasi-mesiánicas tratando de liberar a Judea de la dominación romana entre 1 AEC y 1 EC[10], no hay un solo documento que haya leído que indique que los judíos, de cualquier persuasión, hayan trabajado activamente para entregar esos rebeldes políticos a las autoridades romanas. Si los Evangelios fueron de hecho escritos por judíos alejandrinos que trabajaban para los romanos, no habrían cometido tales errores flagrantes si es que el público meta eran los judíos étnicos.

No obstante, la idea de Atwill que los Evangelios fueron creados para satirizar a los revolucionarios judíos es convincente hasta cierto punto, pero no creo que estos fueron destinados a un público étnicamente judío o escritos por judíos, aunque tengo que admitir que las personas que las escribieron tenían que estar un poco familiarizadas con los textos y las costumbres judías. La sátira fue muy conocida en el antiguo mundo grecorromano[11]. La obra de Faur nos alerta a la posibilidad de que la pasión de Jesús es similar al juicio de Carabás, y que no corresponde a la realidad de los juicios romanos. Además, trae a nuestra atención que la arquitectura de la iglesia primitiva tomó rasgos de las basílicas civiles[12], un estilo arquitectónico de los edificios públicos romanos que incluyen plataformas elevadas, probablemente destinados a espectáculos públicos. Hay que tener en cuenta que las representaciones teatrales del nacimiento y la pasión de Jesús siguen siendo características muy populares en el catolicismo de hoy, montajes que suceden alrededor del mundo durante la Navidad y la Semana Santa respectivamente. Atwill también trae a nuestra atención que el culto de Vespasiano, el emperador que comenzó la dinastía Flavia, era supervisada por la Comuna Asiae, que se encontraba precisamente en las mismas ciudades donde se ubicaban las “iglesias de Asia” de acuerdo a Apocalipsis 01:11[13]. Esto me lleva a pensar que cada uno de los Evangelios, en su conjunto—y no sólo el nacimiento y la pasión, estaban destinados a ser representados en un escenario teatral, que parece lo que está sugiriendo Faur. Sus variaciones de la trama son fácilmente explicables como las variaciones encontradas en el canon de Shakespeare. De la misma manera los estudiosos de Shakespeare hoy día no pueden determinar el texto original de las obras de Shakespeare[14], o incluso su autoría[15], siendo que cada productor de teatro aplicaba su propia licencia creativa con el texto para cualquier efecto dramático que quiera lograr, cualquiera que sea la historia original del Evangelio, éste podría haber pasado a través de una reedición similar a manos de los dramaturgos antiguos, creando versiones ligeramente diferentes, con algunas tramas que se contradicen mutuamente y personajes disímiles. Esto también podría explicar la proliferación de diferentes versiones del Evangelio fuera del principal Evangelio canónico antes del siglo cuarto. Sólo un estudio literario comparativo y exhaustivo entre los Evangelios y el antiguo drama griego arrojarían luz sobre esta cuestión[16].

A menudo he escuchado y leído referencias que el judaísmo era muy popular entre las masas del siglo primero de nuestra Era común. Había prosélitos al judaísmo, así como simpatizantes no-judíos a la sinagoga que se codeaban con los judíos de forma cotidiana[17]. Es muy posible que ellos eran una fuente constante de nuevos reclutas para luchar contra los romanos. Según el libro de los Hechos, hubo una polémica separatista entre la iglesia de Jerusalén que mantenía un compromiso con la ley judía como condición para aceptar prosélitos no-judíos, y el enfoque de Pablo que lo rechazó en favor de admitir más prosélitos. La cuestión de la circuncisión como parte del proceso de conversión fue central en esta controversia. La mayoría de estos prosélitos vinieron de las masas iletradas, y tendría sentido cómo un pseudo-judaísmo (es decir, el cristianismo) sin el requisito de la circuncisión sería más atractivo para los no-judíos—ya sea si esta idea fue inventada por Pablo (si es que alguna vez existió), los Flavios o los primeros Padres de la Iglesia. ¿Podría ser posible, más bien, que el objetivo meta de los Evangelios eran estos no-judíos iletrados simpatizantes de la sinagoga y nuevos prosélitos judíos, con el fin de desarticular la influencia política y militar judía?

En mi humilde opinión, en cierto modo, tanto las obras de Atwill como la de Faur son complementarias entre sí. Faur describe minuciosamente en toda su gloria todo el arsenal de valores romanos injertos en las escrituras cristianas que pueden haber servido bien para engañar a una población meta. Después de todo, cuando se lee a partir de ese punto de vista, por debajo la pátina dorada del ministerio de Jesús, llena de milagros y escenas pastorales con públicos cautivados, existe una malicia profunda e intencional para demonizar a los judíos y el pacto de Dios con Israel. Atwill dice que los Evangelios podrían haber servido para desarticular un mesianismo radical, y convertir—como propongo—estos simpatizantes iletrados contra los judíos mismos. Si es así, no es sorprendente para mí hoy día que los rabinos hayan desarrollado una actitud negativa hacia los prosélitos derivada de esta experiencia. Por otra parte, también es comprensible por qué los rabinos trataron de suprimir en la medida de lo posible el papel de los Macabeos en su propia literatura[18]. Cualquiera que hubiera sido la figura mesiánica para los judíos de entonces durante el siglo primero, cuyos rasgos podemos discernir en la literatura apocalíptica contenida en los rollos de Qumran, es revelador cómo la figura mesiánica que surge en la literatura rabínica, a partir del siglo segundo en adelante, es muy ambigua y con una larga lista de calificadores difíciles de cumplir. La experiencia vivida por nuestro pueblo entonces, a través y saliendo del siglo primero, fue devastadora—y ciertamente puedo ver la respuesta rabínica después de esa experiencia.

Antes que hiciera lectura de ambas obras, había llegado más o menos a la conclusión de que Jesús nunca existió. La serie de figuras quasi-mesiánicas que pululaban la época, las inconsistencias en las historias de los Evangelios, y la repentina aparición de Pablo, que nunca habla de los Evangelios y que nunca conoció a Jesús-el-humano, me hizo pensar que la figura de Jesús era una especie de pastiche—constituidos por varias personalidades—que sobrevivieron en la tradición popular, y cuyas leyendas tomaron una vida propia entre los judíos, y luego entre los simpatizantes gentiles, y estos últimos adaptaron las historias de Jesús a una visión del mundo pagano, las cuales se volvieron en contra de los judíos. Ahora, después de la lectura de ambas obras, estoy parcialmente convencido de que pudo haber habido un poco de diseño “inteligente” e intencional por detrás de—lo que parece ser—la mayor farsa de la historia. De lo contrario, ¿cómo se explica su éxito?

Pero, ¿qué significa todo lo anterior?

Para los cristianos de fe, aunque probablemente tomen ofensa, al final significa un bledo. Como Faur afirma repetidamente, la mente pagana demanda suspender la racionalidad ordinaria y sólo creer lo que el expositor-primario que se para sobre la plataforma superior del escenario teatral te dice lo que es, y lo que debería ser:

“En la humanidad pagana, los valores constitutivos de la sociedad se transmiten de arriba a abajo. ‘Autoridad’ garantiza un Übermensch, dando órdenes desde una ‘plataforma primeriza’—hablando de ‘yo/nosotros’ a una ‘plataforma de terceros.’ Como tal, a la ‘plataforma de terceros’ se le prohíbe la entrada a un diálogo directo (‘yo/tú’) con el Übermensch. (De ahí, la necesidad de un ‘Espíritu Santo’, o intermediario entre Dios y el hombre, en la teología cristiana.) La única función de las personas que habitan en la ‘plataforma de terceros’ es la obediencia”. (Introducción)

Para ellos, Jesús “es el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre, sino por mí (Jesús)”, fin de la discusión. Esto es así porque el superior jerárquico (el Papa, pastor o una persona dotada de una línea telefónica especial y directa a Dios) dice que es así.

Para el escéptico cristiano, tal vez estas obras proporcionarán más forraje para encontrar una excusa fuera del cristianismo, y siguiente entrar a cualquier creencia o filosofía que elija. Para los académicos del cristianismo, cuya vida depende literalmente de Jesús, tienen que encontrar fuentes mejores y más fiables para fundamentar la existencia de Jesús. Para este lector, el solo hecho de que la Iglesia mantuvo el control absoluto sobre la propiedad intelectual durante casi 1.000 años, eliminando gran parte de los conocimientos y las bibliotecas del Mediterráneo antiguo (sin mencionar que sólo ella asesinó a todos los intelectuales que querían seguir siendo paganos), hacen completamente sospechosas las supuestas copias de los escritores antiguos bajo su administración—sin mencionar la proclividad de los monjes cristianos de aplicar su licencia creativa en los textos antiguos. A menos que sean capaces de encontrar un rico repositorio íntegro como los rollos de Qumran , independiente y libre de manipulación cristiana, entonces toda la cuestión de la prueba de la existencia de Jesús sigue siendo inviable.

Para el ateo o el llamado “humanista”, estas obras sólo animarán sus debates para burlarse de la religión en general, y el cristianismo en particular. Sin embargo, la mayoría lo hace sin darse cuenta que ellos mismos poseen los mismos prejuicios conceptuales que acusan las personas religiosas de tener, como bien pone de manifiesto una animada conversación acerca de la ciencia y Dios transmitido por la BBC, donde el rabino Jonathan Sacks llama a Richard Dawkins de “cristiano ateo”[19].

En definitiva, como Faur desea que su trabajo se convierta, citando a Joseph Jacobs (1854-1916), “Es sólo al saber exactamente donde [judíos y cristianos] diferimos que podemos esperar en última instancia, llegar a un acuerdo.”[20] Mi único deseo era que él hubiera ofrecido un mapa para seguir adelante, una vez que esas diferencias se convengan, en caso y si alguna vez lleguemos a ese punto.

Quisiera proponer unas recomendaciones: Atwill haría bien en leer más sobre el pensamiento judío y el judaísmo del siglo primero, y tener más notas de pie en su tesis. A pesar de sus deficiencias, después de 9 años desde su primera publicación, parece que la tesis de Atwill está ganando aceptación con los académicos de la Biblia. Sus detractores no parecen nunca abordar su obra, y sólo le llueven con ataques ad hominem. En sus respuestas, Atwill siempre se mantiene sensato, minucioso e informado. Faur haría bien en re-moldear nuevamente su tesis, y distinguir mejor entre el Jesús del Evangelio y el Jesús que los judíos conocieron o no conocieron. Y a pesar de que su obra todavía pasa desapercibida, me pregunto qué clase de recepción tendría entre los estudiosos del cristianismo histórico.

Cualquiera que sea, y cualquiera que haya sido su opinión de Jesús y los orígenes del cristianismo antes de leer esta reseña, confío que encontrarán ambas obras absorbentes, a veces ofensivas, pero siempre dejándote querer saber más acerca de este período todavía muy desconocido e incomprendido la historia.

 

[1] Consulte Frazer, Sir James George. The Golden Bough, The Scapegoat. Parts II-V. London: Macmillan and Co. 191, pp. 418-419. Citado en la obra de Faur, The Gospel According to the Jews, n. 547.

[2] Youtie, Herbert C. “Publicans and Sinners.” The Quarterly Review of the Michigan Alumnus 43.14 (1937): 657. Impreso.

[3] Para un completo argumento sobre cómo el Talmud fue compuesto, consulte Brody, Robert. The Geonim of Babylonia and the Shaping of Medieval Jewish Culture. New Haven: Yale University Press, 1998.

[4] Consulte Pines, Sholomo. “The Jewish Christians of the Early Centuries of Christianity According to a New Source.” Akademyah ha-le‘umit ha-Yisre‘elit le-mada‘im 2.13. Jerusalén: The Academy of Sciences and Humanities, 1966.

[5] Consulte McDonald, Lee Martin and Sanders, James A. The Canon Debate. Peabody: Hendrickson Publishers, 2002. Appendix D-2, n. 19.

[6] Consulte Schreckenberg, Heinz and Schubert, Kurt. Jewish Historiography and Iconography in Early and Medieval Christianity. Minneapolis: Fortress Press, 1992. Impreso. Pp. 57–58. Sobre las versiones existentes en árabe y siriaco de las obras de Flavio Josefo, consulte Pines, Shlomo. “An Arabic version of the Testimonium Flavianum and its implications.” Kitve ha-Akademyah ha-le‘umit ha-Yisre‘elit le-mada‘im, ha-Hativah le-mada‘e-ha-ruaḥ.  Jerusalén: Israel Academy of Sciences and Humanities, 1971.

[7] Aunque Faur utiliza la tumba descubierta en Talipot como evidencia de la tumba de la familia de Jesús, y un tazón de arcilla con una inscripción refiriéndose a un ‘Chrestus el mago’ en el Apéndice 2, la autenticidad de los efectos son todavía altamente debatidos. Sobre las controversias que rodean la tumba de Talipot, consulte “Talipot Tomb.” Wikipedia, The Free Encyclopedia. Wikimedia Foundation, Inc. 26 Febrero 2007‎. Web. 9 Marzo 2014‎. Chréstus (Χρήστος), viene del adjetivo “χρηστός”, chrēstós, i.e., “útil” que es etimológicamente distinto de christós (χριστός), i.e. “ungido”.

[8] Para una breve introducción sobre las controversias académicas que rodean las referencias Talmúdicas a Jesús, consulte “Jesus in the Talmud.” Wikipedia, The Free Encyclopedia. Wikimedia Foundation, Inc. 4 Septiembre 2010‎. Web. 17 Marzo 2014‎.

[9] Para una evaluación de la moralidad en el Imperio Romano, consulte Edwards, Catherine. The Politics of Immorality in Ancient Rome. Cambridge: Cambridge University Press, 1993.

[10] Para una lista de esas figuras quasi-mesiánicas, consulte “Jewish Messiah claimants.” Wikipedia, The Free Encyclopedia. Wikimedia Foundation, Inc. 2 Febrero 2006‎. Web. 20 Febrero 2014.

[11] Consulte Rosen, Ralph M. Making Mockery; The Poetics of Ancient Satire. New York: Oxford University Press, 2007.

[12] Strange, James Riley. The Emergence of the Christian Basilica in the Fourth Century. Binghamton: Global Publication. Binghamton University, 2000. p. 4, n. 8. Cf. ibid, p. 15. Citado en The Gospel de Faur, n. 683.

[13] Caesar’s Messiah, p. 26.

[14] Schwartz, Dr. Debora B. Problems with Shakespeare’s Texts, 196-2005. Web. 29 Mar 2014.

[15] “Shakespeare authorship question.” Wikipedia, The Free Encyclopedia. Wikimedia Foundation, Inc. 12 Febrero 2002‎. Web. 24 Marzo 2014‎.

[16] En el presente casi no hay estudios en el tema. Consulte Brant, Jo-Ann A. Dialogue and drama: elements of Greek tragedy in the Fourth Gospel. Peabody: Hendrickson Publishers, 2004. También, encontré la siguiente liga ser de interés, la cual sugiere que los Evangelios pudieron ser inspirados por una obra de Séneca utilizando la herramienta teatral romana fabulae praetextae; ésta contiene citas de académicos de la Biblia que reconocen que los Evangelios tienen elementos del drama griego. Stecchini, Livio C. and Sammer Jan. The Gospel According to Seneca, 1996. Web. 29 Mar 2014.

[17] Un libro que todavía tengo que examinar, y que puede que arroje mucha luz sobre el tema es Feldman, Louis H. Jew an Gentile in the Ancient World. Princeton: Princeton University, 1993.

[18] Consulte David Shasha [David Shasha]. “Hanukkah Notes.” Google Groups. Sephardic Heritage Update, 27 Nov. 2013. Web. 27 Mar. 2014.

[19] TVDebates. “Jonathan Sacks and Richard Dawkins at BBC RE Think Festival.” Online video clip. YouTube. YouTube, 12 Sep. 2012. Web. 29 Mar. 2014.

[20] Al final del Foreword en su Jesus as Others Saw Him (New York: Bernard G. Richards Co., 1925.)

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