Proyecto de libro: Sin laberintos o Escapando del laberinto

Por David Ramírez

A finales del 2011, conforme se iba alineando la contienda presidencial en México, me inspiré para comenzar un libro que en su momento iba a ser una crítica hacia las críticas mejor escritas por intelectuales y políticos mexicanos, y cuyo título lo tengo entre Sin laberintos o Escapando del laberinto. Mucha de la crítica de ese entonces se concentraba en lo el sistema político hasta ese entonces dejó de hacer o las oportunidades que nunca tomó. Mi crítica de la crítica iba dirigida a las lagunas de razonamiento de los ponedores, la cual a su vez era dirigida al sistema político de México que a final de cuentas crea los andamios existenciales de la nación. Ahora con el regreso del PRI al poder, mi enfoque ha cambiado un poco, mas no tanto la raíz de mi propuesta. Abandoné el proyecto temporalmente para concentrarme en mi maestría, y ante la realización que tenía que hacer más investigaciones que retaran mis presuposiciones, matizaran mis opiniones y dieran cuerpo y sustento a mi tesis.

Ahora es 2014, y creo oportuno volver a retomar el proyecto. Parte de ese proyecto es comenzar una conversación con mis conciudadanos para indagar en sus mentes en cómo ellos conciben los retos y oportunidades que México tiene como país. El propósito de este artículo es servir como base de partida para dicha conversación.

Introducción

El presente lo escribo como respuesta a dos libros publicados en el 2011 sobre la condición mexicana, es decir, los males crónicos que acompañan a la sociedad mexicana, sus orígenes y posibles soluciones. El primero que leí fue escrito por el Dr. Carlos Elizondo Mayer-Serra, Por eso estamos como estamos (Debate, 2011) que nos describe de una manera mas o menos científica, con la ayuda de una zozobra de estadísticas, los distintos rubros por donde andamos mal los mexicanos. El segundo fue escrito por Jorge Castañeda Gutman, Mañana o pasado (Aguilar, 2011), que llega a ser una suerte de ejercicio à la Octavio Paz, dándonos un recuento psicológico-histórico sobre el actuar de los mexicanos, y las fallas estructurales que ello conduce.

Lo que encontré particularmente singular de ambas obras es que no fueron escritas, como lo había sido siendo en el largo pedigrí de lo mexicano, por hombres de letras o periodistas de toda calidad y rango. Elizondo es un politólogo que se ha dedicado a escribir y opinar sobre política económica del país, así como influir en ella en el ámbito legislativo. Castañeda es un político profesional con una larga carrera en relaciones exteriores, y una vez candidato a la presidencia. Ambos dan cátedra en sus respectivas disciplinas. Ellos dos nos ofrecen una perspectiva menos retórica, menos poética del dilema que representa lo mexicano, actitud que encuentro refrescante ya que es, en parte, una separación de las circunvalaciones que han dominado el discurso mexicano desde la época posrevolucionaria.

Los motivos que me llevaron a escribir el presente tienen que ver con reacciones personales a los supuestos que nos arrojan Elizondo y Castañeda, con los cuales puedo o no estar de acuerdo. Mas que todo es una respuesta a manera de diálogo de un ciudadano ordinario que vivió, se educó y trabajó en Estados Unidos por veinte años, y quien a su regreso encuentra un país en parte distinto, en parte igual, al que dejó. Acorde a la tesis de Castañeda, yo sería catalogado como un mexicano post-mexicano, una vez expuesto a la modernidad, que ha obtenido “una transformación radical” de mentalidad.

Quién sabe, pero un hecho extraordinario del que me di cuenta a mi regreso fue que a pesar de haber pasado 20 años en el vecino país, las quejas y locuciones que se hacen de México en la radio, televisión, los editoriales y demás no son muy distintas a las que escuchaba, leía o veía en el pasado en mi temprana juventud. Los actores son otros, pero los problemas parecen ser los mismos de siempre. Lo que sí no es lo mismo es la manera en que veo, analizo e interpreto esos mismo problemas. Ya no comparto las mismas maneras con que nuestros interlocutores construyen sus argumentos, y eso en parte ha de ser por mi experiencia distinta a la de mis coterráneos. Sin embargo, tampoco significa mi abandono total de la manera singular de ver del mexicano, pero digamos que ahora describo el mismo paisaje pero retratado con distinto enfoque.

Ha existido en el discurso nacional por mucho tiempo una manera cíclica de ver los problemas que aquejan a México, cuya arquitectura intelectual – sospecho – es legada principal de Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Justo Sierra, quienes dejarían su estampa en la educación nacional y que ha perdurado por medio de sus principales discípulos hasta nuestros días. Como demostraré, ni Elizondo ni Castañeda se han podido escapar de su atracción gravitatoria, de los escalafones ya construidos por esos eruditos.

Ésta ciclicidad impone lo que llamaría la “mística mexicana.” Una mística, en el sentido clásico occidental platónico, parte de supuestos trascendentes que se encuentran fijos en la historia, en la cultura, en la religión. Las místicas obedecen un simple o complejo sistema de símbolos que pretenden dar sentido a nuestra realidad aquí en la tierra. Estos supuestos tienen origen no en la historia, no en la cultura, no en la religión; si no en las mismas personas que le dieron formulación, ropaje y culto. Es un acto, un ejercicio, de la imaginación. Los demás, habiéndose identificado con dichos supuestos, sólo los perpetúan. Es a esta mística la cual hay que encontrarle una ruta de salida, escapándonos de fatalismos e insertarnos en una plena y funcional actualidad.

Por medio del contrapunto que haré con las obras de Elizondo y Castañeda, quiero traer una perspectiva más, a lo mejor más clara y sin tantos rodeos ni andamiajes. Con ésta intención, no quiero hacer un libro ni muy extenso ni muy erudito. Sin embargo me detendré en ciertos puntos, ciertos supuestos, para desenmarañar las místicas que se perpetúan de lo mexicano.

Es hora que los mexicanos de todas las disciplinas, los de aquí y los de afuera, entremos en conversación unos con otros. Yo creo que todo mundo tiene algo importante que decir y aportar a ésta conversación. La calidad general de los debates que se han dado hasta ahora ha sido bastante parroquial: políticos con políticos, periodistas con periodistas, intelectuales con intelectuales, maestros con maestros, etc. Casi nunca, por no decir “nunca”, he visto a un economista debatir con un político, un político con un intelectual, etc.

Los que hemos vivido en el extranjero por mucho tiempo hemos vistos de primeras cuentas cómo otros países en el llamado “mundo desarrollado” optan por administrarse, sus ventajas y desventajas, cosas que nos gustaría o no gustaría que sucedieran en México para hacerlo un mejor país. Es a lo que alude Elizondo como “mejores prácticas” (best practices), un término común en el habla empresarial que significa la adopción de un método o técnica que muestra resultados superiores comparado con aquel de uso anterior, el cual puede mejorarse conforme nuevos procesos sean descubiertos[i].

Los que se quedan en México tienen una tendencia de ver, como dirían los estadounidenses, el césped más verde al otro lado de la barda (the grass greener on the other side of the fence), sin en realidad entender de fondo cómo las formas de proceder en otros países (políticas, costumbres, etc.) se han originado, cuáles son los andamiajes que les acompañan, cómo se implementan, qué instituciones las respaldan y las obligan. Es un vicio del mexicano (entre muchos), al cual aludiré más detenidamente, que a veces nos ha llevado a adoptar y apoyar políticas (NAFTA me viene a la mente) que han sido, sino peores, devastadoras para el país; o novedades empresariales, culturales o educacionales que realmente llegan a ser artificios superficiales sin en realidad cambiar nada de fondo. Octavio Paz diría que los mexicanos nos preocupamos mucho por la forma, sin decir que no le damos importancia al contenido. En eso puedo estar de acuerdo con Paz.

Quiero con el presente trabajo, y en mi humilde opinión, comunicarles a mis compatriotas mexicanos que las cosas sí pueden cambiar, y que ese cambio no se da con artificios externos (como el ya trillado “estado de derecho”), pero sólo pueden cambiar si uno mismo cambia. Todo comienza con el individuo, con uno. Esto me recuerda una anécdota compartida por el presentador y periodista Carlos Loret de Mola que va mas menos así: Sucede que durante no se qué mundial Loret de Mola, ante un gol o victoria de la selección mexicana, comenzó a gritar el ya tan folclórico lema mexicano de alternancia “¡Sí se puede, sí se puede!”, y un compañero alemán presenciando el entusiasmo de nuestro presentador se le queda viendo extraño y le dice “¿por qué dices ‘si se puede’?… ¡claro que se puede!”. Como diciendo que no hay necesidad de afirmar lo que es obvio. Y tenía razón el alemán, todo se puede, nomás hay que saber cómo, de qué manera lograrlo y tener la voluntad de hacerlo. Sobre todo, la voluntad.

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[i] “Best practice” Wikipedia, The Free Encyclopedia. Wikimedia Foundation, Inc. 20 Diciembre 2011. Web. 31 Diciembre 2011.

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