Michoacán hoy, ¿y mañana quién?

Las noticias sobre grupos civiles de auto-defensa no son nuevas en nuestro país. Tampoco lo es la reacción del gobierno de desarmarlos, y su subsecuente maniobra de controlar todo con la intervención furtiva y quirúrgica de las fuerzas armadas. Razón tiene el gobierno de estar preocupado de la formación de poderes fácticos adicionales que toman la herramienta de la violencia en sus manos, porque eso simplemente debilitaría el monopolio de poder que cualquier gobierno nacional se da derecho a ejercer; y quién sabe, ser estos mismos poderes fácticos adicionales cultivo para que se contagie otras partes del país que enfrenta problemas similares. Peor aún, crearía la posibilidad de tener otra “quinta columna” que sirva para desafiar al gobierno. Habrá que recordar que eso fue lo que precisamente sucedió en los albores de la Revolución mexicana. Ningún gobierno que se quiere dar a respetar puede permitirse eso – el que los narcos se les hayan salido de control ha sido más que suficiente.

Tampoco podemos culpar a los ciudadanos de llegar a los extremos de defenderse cuando se ven claramente abandonados por el gobierno. Cualquier hombre o mujer, al sentirse asediado constantemente, llega un punto que se cansa y recurre al instinto de la auto-preservación.

Es una ridiculez esperar que el gobierno de Michoacán pueda tener los recursos para tomar control del estado, sabiendo de antemano lo que las fuerzas policíacas han representado en nuestro país, que a comparación de otros países que sí se toman en serio la seguridad pública, las nuestras no han pasado de ser más que gendarmes de edificios privados – sin capacitación real y mal pagados. Y eso se lo debemos a la mezquindad de nuestro gobierno federal, quien es responsable de repartir el presupuesto a los estados, duplicado por la misma mezquindad de los gobiernos estatales al negarse de dar prioridad al rubro de la seguridad pública. Claro, no puedo dejar de mencionar que se han dado mejoras en las fuerzas policíacas cuando se ha dado la urgencia – con la limpieza de la escoria, reclutamientos nuevos, capacitación profesional, y mejores sueldos y beneficios laborales (y en esto último he escuchado por ahí que no todo lo que se les prometió a los nuevos cuerpos policíacos ha sido cumplido) – a raíz de la implosión del funcionamiento normativo de la sociedad en lugares como Monterrey cuando la violencia se desbordó en 2010.

Pero aún con estas intervenciones en los focos rojos, primero por las fuerzas militares, y luego con las mejoras a la seguridad pública, todos sabemos que los problemas siguen latentes. Sin mencionar que fuera de las zonas urbanas, todo sigue casi igual.

En México, el problema de la violencia derivada de actividades delictivas es como brasas lentas que quedan después que dieron su fuego, esperando que les caigan más carbón y aire para dar su brío una vez más. El gobierno, a su vez, es como la señora de faldas largas con múltiples capas de las enaguas parada cerca de tales brasas, y que de vez en cuando cogen fuego. La señora apagará los mechones de fuego cuando la necesidad surja, pero eventualmente se quedará sin falda, enaguas y hasta sin calzones – consumiéndose ella misma en el proceso. Hoy el mechón es Michoacán, mañana, ¿quién será?

A lo que voy, es que estos ciclos son debilitantes para México como nación. No es sustentable seguir actuando así a largo plazo. La guerra contra el narcotráfico, sin un programa real, definido e integral de mejora económica y social a nivel nacional, es echar dinero al saco roto. Y está más que claro que el gobierno de Peña Nieto en su primer año, con la adopción de políticas económicas neoliberales más abiertas y agresivas, va aumentar la disparidad entre el rico y el pobre, como está bien constatado en la historia. Y no hay que ir tan lejos en la historia u otro continente para ver los efectos devastadores que el neoliberalismo a rienda suelta ha traído a la sociedad, ahí tenemos a los Estados Unidos hoy.  Pero lo que ha ayudado a Estados Unidos en no caer en la desintegración social en sus tiempos de crisis ha sido su larga tradición de estado de derecho coadyuvada por un programa robusto de seguridad pública a nivel estatal y federal; y México no tiene ni uno ni el otro. Los grupos delictivos en México se dieron cuenta de eso hace tiempo, y lo han explotado a su beneficio.

El pueblo de México prefiere la paz a la violencia. Su voluntad colectiva de dejar las armas eventualmente después del movimiento revolucionario, y su capacidad de vivir en paz sin un andamio real y profesional de seguridad pública hasta nuestra reciente memoria es prueba de ello. Hoy tenemos otros retos presentados por la desintegración de nuestros campos agrarios a raíz de TLCAN, las oportunidades presentadas a los que tienen poco o nada por la demanda siempre creciente de narcóticos con el país del norte y aunada con la constante cultura de la mezquindad de nuestros políticos y sector privado que sigue construyendo castillos en el aire para el pueblo mientras ellos engordan sus cuentas bancarias nacionales y trasnacionales, han creado peligrosos paradigmas a los cuales ni nuestros pocos sinceros líderes políticos que tenemos o la sociedad están a la altura de resolver con las pobres fórmulas hasta ahora adoptadas.

Lo que sucede en Michoacán hoy es preocupante no sólo porque nos recuerda que el problema del narcotráfico sigue latente y activo, pero debe preocuparnos más si seguimos barriendo – una vez calmándose los hervores gracias a la intervención de papá gobierno – el polvo por debajo de la alfombra del olvido. Este episodio debe alertarnos en abandonar nuestra autocomplacencia, actitud que piensa que es algo que pasará eventualmente como por arte de magia. Por lo menos no pasará sin antes destruir al país.

grupo-autodefensa-aquila

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  1. Pingback: La feudalización de México y su desintegración nacional | David Ramírez·

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